10
Oct
2016

Demoledor Shostakóvich: Caballé Domenech dirigió la ‘Octava’ con imponente oficio

La Octava sinfonía de Dimitri Shostakóvitch es un monumento sonoro que no admite interpretaciones mediocres. No es música fácil y complaciente, sino pura amargura y tristeza. Nada que ver con el aliento patriótico de la Séptima, escrita durante el asedio de Leningrado y convertida en símbolo de la resistencia antinazi. La Octava también retrata el horror de las guerras, pero, en su violento relato sinfónico, no olvida el dolor y la rabia por las purgas y masacres de Stalin. La tensión y grandeza de esta música dejó sin aliento al público en una poderosa interpretación de Josep Caballé al frente de la OBC.

Pocas partituras tienen un efecto tan demoledor como la Octava, estrenada en 1943 bajo la dirección de Evgeni Mravinsky: una hora de música de tensión inaudita. Y en su reencuentro con la OBC, tras casi cuatro años, Caballé Domenech mantuvo firme el pulso dramático en una lectura atenta a las indicaciones de una partitura —con el modelo de Mravinsky bien presente— que es pura ciencia orquestal.

OBC
Josep Caballé Domenech, director. Simon Trpceski, pianista. Obras de Rachmaninov y Shostakóvich. Auditori. Barcelona, 8 de octubre.

La nutrida plantilla rindió a gran nivel, con especial lucimiento, por precisión y potencia, de la sección de metales; ofrecieron soberbios detalles en la articulación, reflejo de un trabajo concienzudo en los ensayos. La cuerda no siempre estuvo a la altura.

Con imponente oficio, el director catalán subrayó los lazos temáticos y la prodigiosa arquitectura de la partitura, planificada en cinco movimientos que adquieren agobiante intensidad al encadenar sin pausa los tres últimos.

Los climax orquestales hicieron temblar el Auditori en un fresco sonoro de poderosos contrastes; los episodios más introspectivos sonaron con sobriedad y finura en los detalles. Y el turbador final, en el que la sinfonía parece desvanecerse en la lejanía, dejó extasiado al público, que guardó el silencio necesario antes de la explosión de aplausos.

Antes del volcán turbador de Shostakóvich, el programa se abrió con la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninov, con el pianista macedonio Simon Trpcéski como virtuoso solista. Tocó con brillantez y efectismo, dejando fuera muchos matices, pero es un pianista comunicativo que se metió al público en el bolsillo con su espléndida técnica.

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